Con la suerte de tu lado
PEDRO DIAZ G./Enviado
MONTERREY, 24 de agosto.- A la izquierda, el Cerro de la Silla de
caballo se yergue tapizado en sombras claroscuras que regalan el sol y las
blancas nubes a esta ciudad de 32 grados centígrados.
Al frente, la Macroplaza semiocupada por varios miles que con gritos, cantos
y banderas desean homenajear a los 14 nuevos héroes.
Del otro lado, el operativo policiaco que condujo al convoy desde el
aeropuerto al centro de la ciudad, a paso lento, degustando cada saludo que
regala el camino: banderolas, carteles, mantas, autos pintados, abrazos.
Cariño.
Y ahí están ellos. En la terraza de Palacio de Gobierno.
Ricardo García, Rafael Hinojosa, Daniel Baca, Gabriel Alvarez, Omar Ríos,
Alejandro Robles, Pablo Torres, Javier de la Isla, Juan de Dios Garza, Luis
Robles, Alejandro Guajardo, Adrián Luna, Enrique Ordóñez y René
Hinojosa.
Los Grandes, Pequeños Campeones.
¿Cómo describirlo?, ¿fervor popular?
Un hombre de gran tamaño, como suelen serlo por aquí, vestido con verde
playera de la selección nacional, lleva de la mano a su pequeño hasta las
afueras de la ciudad, desde muy temprano. Ahí, a donde, se anuncia por
todos lados, llegará el equipo Vaqueros -de la Guadalupe Lindavista, que
venció a Misión Viejo en el campeonato mundial de ligas pequeñas en
Williamsport-, un grupo de pequeños que no logran asir lo que les sucede.
Muchos saben de beisbol, lo han demostrado, pero nadie les enseñó cómo
disfrutar lo que la historia les tenía deparado. Lo aprenden en esta tarde de
júbilo que estalla en cada esquina.
Al aeropuerto, ya pasado el mediodía, han llegado algunos cientos, familiares,
al principio. Pueblo. Gente. Aficionados, después. El operativo de seguridad,
por lo tanto, se torna más severo ante la llegada de más y más y más
seguidores. El brazo fuerte golpeará rostros infantiles en más de una ocasión
pues la fiesta se desborda y la valla se desdibuja en los escasos segundos que
tardan en llegar de la puerta al autobús.
Inicia el viaje hacia la entrega popular.
Devora lentamente las calles el convoy, pues la multitud amenaza con
cruzarse. Motocicletas, patrullas, y un grupo de pequeños que se adhieren al
cristal delantero mientras otros abren las ventanillas para palmear a cuanta
persona encuentran a su paso.
-Qué bonito se siente. Nunca nos lo imaginamos; nos decían los managers
que algo así podría pasar, pero todavía en el vuelo de Nueva York a Dallas,
nos dormimos muy a gusto, muy quitados de la pena. Pero eso sí, agotados.
Ricardo García es tercera base. Su delgada voz se pierde entre la algarabía
de este despacho del gobernador, en donde, uno a uno, los pequeños firman
el Libro de Visitantes Distinguidos. Asomarán a la terraza a disfrutar de lo que
han propiciado.
Juan de Dios Garza es el más pequeño de los 14: no rebasa el 1.30 de
estatura, y, sentado tímidamente en un enorme sillón de piel, recuerda cómo le
ayudaron aquellos rezos en el dogout.
-Gracias a Dios, sí, somos los campeones.
Y Gabriel Alvarez, quien confiesa: "Pensé que me iba a tirar una curva, pero
cuando vi que era recta le tiré y salió jonrón. Teníamos a la suerte con
nosotros".
¿Cuándo comenzó todo esto?
Acaso cerrando la sexta entrada, cuando sobrevino el milagro. Este: Luis
Robles se robó la segunda y sacó de concentración al pitcher estadounidense;
Juan de Dios Garza recibió pasaporte en cuenta de tres y dos después de
varios foules; Gabriel Alvarez dio solamente un jit durante el torneo: un jonrón
para empatar el juego; Daniel Baca falló dos toques de bola, pero se arriesgó
y con el tercero logró avanzar al corredor que después anotó la carrera del
triunfo; los únicos dos jits del partido para México fueron también parte de
ese mágico sexto inning.
¿O aquellos días en que, rumbo al viaje a Maracaibo, Venezuela, para
conseguir el pase al mundial, escasearon los fondos y hubo que recurrir al
préstamo de un par de personajes que aportaron de su bolsa los 80 mil pesos
para los boletos de avión?
Quizá desde hace poco más de cuatro décadas, cuando nació aquí, en el
norte, la inquietud de formar una Liga de Pequeños Beisbolistas.
Para Juan de Dios las buenas noticias comenzaron después de las oraciones.
-Ahí estábamos, muy tristes, muy apachurrados todos. Alguno comenzó a
rezar. Y todos lo seguimos. Cuando íbamos perdiendo pensamos que no nos
íbamos a poder recuperar. Y cuando Gabriel nos dio el empate con jonrón,
ahí ya supimos que podríamos ganar el campeonato mundial. Cuando
bateábamos en la sexta entrada comenzaron los rezos; después vino el triunfo.
La alegría.
"Ya llegamos
Ya ganamos
Ya chingamos".
La cartulina la porta en la espalda Roberto Carmona, tío de Luis Robles,
número 15, "el del golpe", a quien siguen una veintena de sus primas con
camisetas del Guadalupe Lindavista, y mejillas pintadas con el número 15.
Fue de Luis el papel de Salvador, en este deporte en el que cada uno en el
cuadro vive su momento de gloria.
-Porque hay que recordar que el campeonato es de todos. De los catorce.
Aquí no hay héroes individuales; en el beisbol, y sobre todo en el infantil, se
trabaja siempre para todo el equipo. El triunfo es de los niños, y ellos se lo
regalan a todos ustedes -dirá, emocionado, Jaime Luna, entrenador del
equipo.
Los vaqueros tenían a la suerte de su lado.
La seguirán teniendo.
Becas ha prometido el gobernador, de ronca voz, Benjamín Clariond Reyes.
Fideicomiso para Ligas Menores, se prepara ya.
Premio al mérito deportivo.
Sus nombres, al igual que los de aquellos héroes de hace cuatro décadas,
inscritos en el Palacio de Gobierno.
Visita con el Presidente.
Un corrido:
"Jugaron con gran honor
Ahora son la mera ley
Los recibe con amor
Guadalupe y Monterrey".
(Abraham Villarreal, de Sabinas Hidalgo, el autor)
Homenajes.
-Para muchos de nosotros, aquel 23 de agosto de 1957 nos marcó. Algunos
seguimos en el deporte, otros se dedicaron a la empresa, al trabajo. Todos
hombres de bien -comenta Angel Macías, que lanzó un juego perfecto en
aquella la primera tarde de ensueño del beisbol infantil mexicano.
Se van los chiquillos jubilosos.
Por el momento, les espera un desfile por las calles de la ciudad, una fiesta
más tarde en su club.
Y, paradoja del destino:
-Sí, mañana entramos a la escuela -dice con voz chiquita, Juan de Dios
Garza, Pequeño Gran Campeón.
De cuando las hadas juegan al beisbol
"Un capricho del destino": Faz
©
EL UNIVERSAL /Eduardo Espinoza
Le tocó ser campeón a los once años. Hoy, José Maiz vive el orgullo por segunda
ocasión
PEDRO DIAZ G./Enviado /I
MONTERREY, 25 de agosto.- A César L. Faz, de niño, le llamaba la
atención el beisbol. Pero soñaba con ser, "según mi estado de ánimo",
sacerdote, vaquero, o rico.
-Y en ocasiones todo al mismo tiempo.
No.
La vida le tenía deparada una historia que ha girado alrededor del diamante y
muchos niños que portan bats, visten uniformes y se entregan en cada
lanzamiento, en cada out, en cada carrera que va a parar a la memoria de las
estadísticas.
Sería el manager de aquel milagro que tuvo su punto culminante la tarde del
23 de agosto de 1957, en Williamsport, cuando un grupo de pequeños se
convirtió ante la sorpresa colectiva, en campeón mundial de ligas pequeñas.
-Esto siempre me había parecido un cuento de hadas; pero hoy, viviéndolo
por segunda vez, pienso que es de verdad un capricho del destino.
Exactamente cuatro décadas después, es Jaime Luna el manager que, junto
con el equipo Guadalupe Linda Vista, sorprende al mundo del beisbol infantil.
Han ganado el campeonato en Pennsylvania los nuevos campeones, unos
minutos antes de que iniciara, en Monterrey, la cena para celebrar 40 años de
la tarde de ensueño.
Observa Faz lo que ellos han logrado y recuerda aquellos días de aventuras
por los campos de beisbol más allá de la frontera.
Después del triunfo los llevarían a visitar al presidente de los Estados Unidos.
Le dijo Dwigth Eissenhower:
-Buenos días, señor Faz, es un placer conocerlo. Es usted un gran manager.
-Gracias, señor presidente, no soy tan bueno. Lo que sucede es que tengo un
gran equipo.
-Es la misma cosa, señor Faz. Usted tiene un gran equipo porque es un gran
manager. Acéptelo, usted ha hecho algo muy grande para su Patria, México...
Un suspiro se apodera de César L. Faz.
"Quién pudiera frenar el tiempo para que los niños permanecieran siempre
niños, para que el mundo entero pudiera verlos y admirarlos".
Nadie.
Para ello están las hadas, que este 1997 han decidido volver a jugar beisbol.
Agosto de 1957:
Han sido, los representantes de la Liga Pequeña Industrial, los vencedores de
una larga serie de partidos en tierras neolonesas. Y hoy, viernes 23, disputan
la final del torneo más importante de sus vidas. Se han ganado un boleto hacia
la gloria al vencer, en el juego semifinal, a los poderosos integrantes del
Bridgeport, de Connecticut, por dos carreras a una. Jugadores mucho más
altos, aquellos rivales: tenían un promedio de ocho centímetros y 10
kilogramos de peso de ventaja. Han vencido ya a doce novenas en tierras
estadounidenses.
Su rival, ahora, será el equipo de La Mesa, California, que venció por 7-1 al
Escanaba de Michigan.
A la mente de los entrenadores vienen varios momentos. El más
representativo: aquella tarde de hace más o menos un año en la que se
reunieron por primera vez para jugar beisbol. Al no encontrar un campo
adecuado se adueñaron de un abandonado baldío y con cuerdas y
rudimentarios polines, los niños lo delimitan.
Cuenta Harold Lucky Haskins, un estadounidense que ha puesto su compañía
refrescara en Monterrey y a quien se debe el impulso creador de la Liga
Pequeña, a sus compatriotas:
-Hace un año cercamos con cuerdas un solar abandonado para poder jugar
el beisbol. Estos muchachos nunca poseyeron nada. Algunos nunca han
estado siquiera en el centro de Monterrey. Para otros, los zapatos que se
pusieron para jugar beisbol fueron los primeros que se calzaban en toda su
vida.
Cuando el juego final está por comenzar, recuerdan los niños esos consejos
de Faz sumados a los de Haskins. Y el asombroso desarrollo de Angel
Macías (hijo de un herrero), a quien desde que Faz le vio soltar el brazo, con
pelotas de trapo, le llama el "niño prodigio".
Y las colectas y apoyos extras que tuvieron que hacer un grupo de
empresarios para que el equipo pudiera no sólo viajar a los Estados Unidos
sino alimentarse y sobrevivir allá durante varias semanas.
Ya. Playball.
Integran el cuadro mexicano Baltazar Charles, segunda base; Pepe Maiz,
jardinero izquierdo; Angel Macías, pitcher; Enrique Suárez, jardinero central y
cuarto bat; Fidel Ruiz, tercera base; Rafael Estrella, jardinero derecho;
Norberto Villarreal, catcher; Gerardo González, parador en corto y Ricardo
Treviño, primera base. Juego a seis entradas: empatados a cero hasta que la
suerte cambia: México anota cuatro veces en el quinto y penúltimo inning. Son
10 los (futuros) hombres al bat.
Y el saldo de este quinto episodio: dos bases por bolas, dos sencillos, dos
errores de la Mesa y cuatro carreras anotadas.
Angel Macías, pitcher derecho, lanza perfecto hasta entonces, pero tendrá
que sacar los últimos tres outs de la sexta entrada para respirar tranquilo.
Ponche a Hanggii, el primero.
Ponche al emergente Scweer, el segundo. Ponche a Haggard, el tercero... y la
gloria: primer campeonato mundial para equipo infantil alguno proveniente de
allende la frontera sur estadounidense. Y primer juego perfecto (Macías
poncha a once y saca consecutivamente los 18 outs) en los once años de
historia del torneo en Williamsport.
Dice José Maiz:
"Ha sido, quién lo duda, un doble regalo de la vida. Estar allá hace cuarenta
años y volverlo a sentir ahora, justo el día de nuestra fiesta. ¿No es algo que
parece guión de cine? Ya existe una película, Los Pequeños Campeones; se
planea hacer otra con el Guadalupe Linda Vista. El destino ha sido muy
generoso con nosotros.
-¿Eran en realidad tan pobres?
Mira con cierta nostalgia los álbumes José Maiz. Fotos, trofeos, carpetas
hemerográficas, banderines y cualquier tipo de recuerdo inundan su vida toda.
Aquí, en esta oficina de la Constructora Mier y Maiz, que ha construido "casi
todo Monterrey" los recuerdos se confunden con el papelerío de asuntos
pendientes en el escritorio de este hombre que, además, dirige a los Sultanes
de Monterrey y está al frente de otras veinte empresas.
Bisnieto del general Mier, gobernador de Nuevo León, a José Maiz le tocó
vivir del lado de la opulencia. Estudiaba en el Colegio Francoamericano
cuando su padre, un día de 1956, le dijo que asistirían a jugar beisbol a una
nueva liga. Conocería, allí, el otro lado de la realidad.
Un llano, pequeño solar a las afueras de la ciudad fue entonces delimitado por
el grupo de chiquillos y por César Faz en esa apremiante necesidad de
reunirse para seguir los designios de la pelota caliente.
-Cuando estábamos en un hotel de McAllen, uno de mis compañeros de
cuarto era Norberto Verdugo Villarreal. Niño simpático, tremendo. Con ojos
pícaros. Nos dormimos cada quien en su cama, y, al despertar lo vi muy
acurrucadito en el suelo. "¿Y ora tú?", le dije. Y él, con la mirada cabizbaja,
apenado, apenas alcanzó a comentar: "es que nunca antes. No. En mi casa no
hay camas: duermo siempre en el piso..."
Hoy los tiempos han cambiado.
Las vicisitudes económicas persisten, pues siempre será difícil reunir dinero
suficiente para que los equipos, en este caso 18 personas, salgan de gira.
Dice Jaime Luna:
-Claro que tuvimos problemas. Pero de eso se trata la vida: de ir
sorteándolos uno a uno. Paso a paso hasta que se forjen las grandes victorias,
las grandes hazañas. Así se va construyendo la historia.
De cuando las hadas juegan al beisbol
"Sólo salíamos a jugar...": Jaime
Luna
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EL UNIVERSAL /Eduardo Espinoza
Saluda el líder del equipo, el pitcher Adrián Luna
PEDRO DIAZ G./Enviado/II
MONTERREY, 26 de agosto.- "Nosotros para ser honestos creíamos
que, cuando mucho, íbamos a llegar a Maracaibo".
Es Jaime Luna, manager, rodeado de los pequeños traviesos que ganaron el
torneo 1997 de Williamsport.
Los campeones gritan ¡siiiií! cuando don Ricardo Contreras les pregunta qué
tal unas hamburguesas. En esta casa, en donde se les hace un espontáneo
homenaje, el beisbol se vivirá entonces al ritmo de aquel que destape más
rápido sus sobres de estampas o quien reparta, como Alejandro Robles, el
Dandy, más autógrafos a este grupo de vecinas adolescentes que ya les ven
con admiración.
Maracaibo. Se disputaría en Venezuela el pase a la final. Esa era la meta del
Guadalupe Linda Vista. Ya habían ganado los juegos zonales, los de área, los
estatales y la ciudad de México les esperaba para el nacional. Dos equipos en
cada fase eran los que avanzaban, hasta ahora. Uno sólo ganaría el viaje a
Venezuela.
-En ese momento una confusión, porque la sede nacional fue en la Liga
Olmeca, en México. Y en el programa de ligas pequeñas la sede debe
garantizar los gastos para la siguiente fase, en este caso el latino. Y parece ser
que ellos estaban muy seguros de ganar. Y habían preparado todo: boletos y
todo pero para ellos, para la Olmeca. A la hora de la hora resulta que
Guadalupe Linda Vista gana el campeonato. Había que hacer cambio de
boletos, en día y número, por lo que había un cargo extra. No había dinero y
nada se solucionaba. Un directivo nuestro fue a México y resolvió el
problema.
-¡Y qué bueno! -dice Gabriel Alvarez, jugador de carácter, enojón, con
explosión de emociones a la hora de jugar- porque ya estando allá vivimos
diferente los partidos. Tanta gente, tantos gritos en contra. Yo les decía a mis
compañeros: no los escuchen, juguemos como sabemos. Acuérdense que
somos mucha pieza...
Maracaibo: los niños nunca habían jugado con presencia de unas 10 mil
personas, en el parque. Y fuera de casa, ante el equipo anfitrión, o sea, todo
en contra.
-Ustedes lo notan: les dan a los niños un micrófono -dice el manager- y no
pueden ni hablar, porque no están acostumbrados a esto. En ese juego
inaugural les sucedió igual; están acostumbrados a sus parques, o a los del
estado. Pero en el extranjero y con tanto público en contra. Y eso fue lo
importante: que pudieron tener el carácter para ganar en Venezuela.
Y ya. A la final. A Estados Unidos.
"En Williamsport -dice Ricardo García, tercera base- todo es muy bonito. La
organización, los campos, todo. Cuando estábamos allá la disciplina era muy
dura. Si hay que desplazarse, todos acomodaditos en el autobús y sin echar
mucho relajo. A los managers los llevan en un carrito especial por todo el
campo. ¡Y qué instalaciones!
Everardo Ordóñez es niño tranquilo. Inocente. Lo suyo son los juegos de
mesa, como el ping pong. A sus once años, sin embargo, ya es campeón
nacional -dos ocasiones-, latinoamericano y ahora mundial.
-¿Lo que más recuerdo? Que siempre me quise meter a la alberca -dice y ríe
él, ríen sus compañeros.
No. El deporte lo impide: "Nadar es muy cansado y por lo mismo no se lo
permitimos. Había que pensar en el equipo", comenta otro de los coaches,
José Angel Vala Valadez, con 14 años dirigiendo en la Liga Pequeña.
La historia comienza en 1956, cuando nació en Monterrey la Liga Pequeña
Industrial.
El de la idea fue Harold Lucky Haskins. Al principio la intensión era reunirse a
jugar, simplemente. Un año después la liga se afilió al programa de
Williamsport. Existía además de la Pequeña Industrial, sólo tres ligas más en
el país: la Maya, la Olmeca y la Azteca.
De cuando las hadas juegan al beisbol
Escuela, tarea y a entrenar
©
EL UNIVERSAL /Eduardo Espinoza
Daniel Baca firma autógrafos. Lo observa su padre, don Mario
PEDRO DIAZ G./Enviado/III y último
MONTERREY, 27 de agosto.- "A mis compañeros les gusta más el
futbol. Y sí, se les hace raro que yo prefiera estar en los campos de beis, pero
ya ven, ahora que volvimos, las güerquillas, sí, las señoritas de la escuela y las
vecinas no nos dejan en paz".
A su regreso a clases, en la secundaria técnica 27, en La Purísima, René
Hinojosa fue aclamado en su salón y en la escuela toda. Los abrazos de las
chiquillas fueron tantos que le aturdieron.
-Me querían arrancar hasta mechones de pelo. ¿Pus 'onde crees?
A pesar de que es el futbol el deporte más requerido por los pequeños, las
ligas de beisbol funcionan y, más que eso, se convierten de pronto en
placentera, pasional y agradable extensión del hogar.
-Sí, porque cuando llegas primero no sabes nada -dice Javier de Isla,
lanzador y jardinero-. Agarras un bat y andas queriendo pegarle a todo:
juegas a aventar pedazos de papel, envolturas de papas y le intentas, dale y
dale hasta que te sale. De más pequeñito te la pasas corriendo en los pasillos
en vez de meterte al campo. Yo tuve que aguantar mucha carrilla, muchas
bromas de mis compañeros desde que me conocieron. Al principio me
cargaban la mano, pero ahora ya es distinto. Hasta me quería salir pero
después todo cambió; llegando de la escuela me apuro a hacer mis tareas,
como y a la Liga, a entrenar.
Viven los nuevos campeones las consecuencias de esos 27 juegos que los
llevaron, después de terminar su temporada regular, rumbo a Williamsport y
al Campeonato Mundial de Ligas Pequeñas.
No saben cómo digerir tanta alabanza, tanta entrega y de pronto se fastidian
porque deben estar muy bien portaditos ante reporteros y programas de
televisión y lo suyo todos los sabemos es la convivencia, el relajo.
Pero juegan en sus ratos libres.
Y recuerdan las tardes de fascinación en sus campos; el esfuerzo de sus
padres por, primero, inscribirlos; después, tras cada triunfo, como premio a la
entrega buscarán la manera para seguir adelante reuniendo fondos para las
giras.
-Son muchos los gastos -dice Omar Ríos, administrador del equipo y padre
de un pequeño campeón del mismo nombre-, pero valen la pena. Al principio
viajábamos los 18 del equipo y alguno que otro padre; pero conforme los
resultados fueron llegando se organizaron aquí y unos días antes partieron
hacia Pennsylvania otros tantos: unos por avión, pero muchos se la aventaron
en auto, hasta allá. Eran 26 los familiares que nos apoyaban desde las
tribunas. ¿Te imaginas? ¡Entraron como 30 mil!
Los cuentos de hadas no son eternos.
Angel Macías fue el mejor pitcher que haya conocido liga infantil alguna. De
extraordinario, controlado, preciso, fuerte y contundente lo califican sus ex
compañeros, aquellos campeones del juego perfecto en 1957 que repetirían
su triunfo un año más tarde ya con Héctor "La Malita" Torres.
¿Qué sucedió después?
Varios siguieron como beisbolistas. A otros la vida les alcanzó y debieron
pronto salir a trabajar.
Crecieron los Pequeños Gigantes pero no todos pudieron aprovechar las
becas que se ganaron a fuerza de hits, outs y batazos por todo el parque.
-Un día -cuenta José Maiz-, cuando Angel terminó con su carrera en el
beisbol profesional, se acercó a mí y me dijo:
"Oye, mano, ya me voy a retirar pero no sé qué voy a hacer. Nunca aprendí
más que a jugar".
Lo hizo de 1966 a 1974; disfrutó de varios títulos, inclusive representó a
México en la Serie del Caribe en 1971 con los Naranjeros de Hermosillo.
Jugó para Tomateros de Culiacán entre 1966 y 1970, y participó en dos
gallardetes que recuerda con gran satifacción.
Dio la solución Maiz y Angel, ya grande, la comprendió: se metió a terminar
sus estudios, por las noches. En 1974 se tituló en Administración de
Empresas y ahora trabaja para los Rieleros de Aguascalientes.
-No. No a todos nos fue bien. A Norberto "Verdugo" Villareal las cosas
nunca le resultaron: realizó varios negocios en su vida, pero ninguno prosperó.
Hace unos meses José Maiz fue a visitarlo a un hospital, en donde convalecía.
-Dicharachero, como siempre. Hombre de buen humor, al verme me dijo:
'qué te parece, me tienen aquí agonizando y todavía a la enfermera se le
ocurre traerme la cuenta. ¡Me voy a morir!'
Prometió Maiz a su ex compañero de cuarto en aquella aventura de
Williamsport que regresaría unos días más tarde.
Lo hizo.
-Señorita, vengo a buscar a Norberto Villareal. ¿A qué cuarto lo llevaron?
-preguntó a la enfermera.
-Discúlpeme, pero el señor Villareal se peló.
-¡¿Qué!?
-Sí, se peló: se fue sin pagar la cuenta. Se desconectó de los aparatos y echó
a correr. El doctor al verlo sólo dijo déjenlo.
De la risa amplia pasará Maiz a la nostalgia:
-Murió apenas hace tres semanas.
La noche del viernes pasado en el pequeño auditorio de Williamsport, Juan
Angel Valadez y Jaime Luna, coaches del equipo, definieron la estrategia
emocional: sesión de cine.
Era el momento de preparar a los niños para la cita consigo mismos. Un sólo
partido y la historia se repetiría envuelta en sortilegios -que lo mismo llevan a
estos pequeños a la más maravillosa fantasía o paradójicamente les cortan los
anhelos: hace unas semanas tres pequeños que se dirigían de Mexicali a
Nuevo Laredo, al campeonato nacional infantil, murieron en un accidente
automovilístico-; un sólo partido y el festejo que se viviría por duplicado. Uno
sólo. Uno más.
Vieron los Vaqueros de Guadalupe Lindavista "Los Pequeños Gigantes,"
drama puro que cuenta aquella, la primera hazaña de cuando las hadas juegan
al beisbol.
-Claro que nos ayudó -dice Juan de Dios Garza-. Está muy bonita esa
película. A mí se me salieron las lágrimas, pero me dí cuenta de que era la
misma historia, de que nosotros podíamos también lograrlo. Todos esa noche
nos fuimos a dormir pensando en el campeonato.
La pizarra, horas más tardes, indicaría: México 5, Estados Unidos 4.
El abrazo entre ellos mismos fue el inicio de una fiesta que no acaba. Que
quizá no acabe jamás.
El 23 de agosto será fecha para recordar en el beisbol infantil. Unos, los
primeros, disfrutan de cómo las coincidencias se fueron dando cuarenta años
después.
Los otros, los pequeñitos, tratan de aprehender cada uno de estos momentos
en los que el país entero les rinde homenaje; el presidente los recibe este
sábado.
Becas. Eso piden las madres. Que no se olviden de las becas.
Mientras tanto, ha sido, ésta, semana de asueto escolar para los nuevos,
Pequeños Grandes Campeones, pues de nada sirvió la desmañada de ayer a
René Hinojosa que, al mediodía atrevió:
-Maestro -dijo-, ¿me puedo regresar a casa? Tengo sueño.
-Ve, hijo, ve. Descansa. Ha sido larga la aventura.
Disfrútenla.
Y que nunca acabe la fantasía.
-Sí, todo esto es muy bonito -confiesa Juan de Dios Garza y sus pequeños
ojos se cierran aún más, también por el cansancio-. Pero, ¿sabes qué es lo
que más deseo? Que el ampayer diga ¡playball! y que comience ya un nuevo
partido.